sábado, 17 de enero de 2009

Baubo: La Diosa del vientre


En aquellos primeros tiempos, la tierra permanecía cálida y soleada. Las plantas siempre estaban en flor y los cultivos listos para cosechar. La Diosa Deméter se ocupaba del campo como si fuera un jardín: sembraba semillas, regaba la verde hierba y animaba a los árboles para que tuvieran priemro hojas y luego diesen flores y frutos. Y mientras Deméter trabajaba, su bella hija Preséfone solía jugar por los verdes bosques, recogiendo violetas hasta que su delantal estaba repleto. Cuando madre e hija volvían a casa cogidas de la mano, al final de otro día soleado, hablando , cantando y riendo juntas, las prímulas se abrían solo para verlas pasar.

Una tarde en que Deméter, la madre tierra trabajaba en los campos y Perséfone paseaba por el bosque subitamente el suelo empezó a estremecerse y un gigantesco zig-zag rasgó la tierra. De las profundidades de la tierra surgió Hades, el Dios de Ultratumba. Era alto y poderoso y permanecía de pie en un carro negro tirado por cuatro caballos de color espectral.

Hades agarró a Perséfone y la atrajo a su carro en medio de un revuelo de velos y sandalias. Después los caballos se percipitaron de nuevo al interior de la tierra. Los gritos de Perséfone sonaban cada vez más debiles a media que se iba cerrando la brecha de la tierra como si nada hubiera ocurrido.

Los gritos y el llanto de la docella resonaron por todas las piedras de las montañas y subieron borbotando en un acuático lamento desde el fondo del mar. Deméter oyó gritar a las piedras. Oyó gritar a las piedras. Oyó los gritos del agua. Después un pavoroso silencio cubrió toda la tierra mientras se aspiraba en el aire el perfume de las flores aplastadas.

Arrancándose la diadema que adornaba su inmortal cabello y desplegando los oscuros velos que le cubrían los hombros, Deméter voló sobre la tierra como un ave gigantesca, gritando, llamando a su hija.

No hubo manera de encontrar a Perséfone y así inició Deméter la busqueda de su amada hija a lo largo de varios meses. Deméter estaba furiosa, lloraba, gritaba, preguntaba, buscaba en todos los parajes de la tierra por arriba, por abajo y por dentro, suplicaba compasión y pedía la muerte, pero, por mucho que se esforzara, no conseguía encontrar a su hija del alma.

Así pues, ella, la que lo hacia crecer todo eternamente, maldijo todas las tierras fertiles del mundo, gritando su dolor: " ¡ Morid...morid...morid!". A causa de la maldición de Deméter ningún niño pudo nacer, no creció trigo para amasar el pan, no hubo flores para las fiestas ni ramas para los muertos. Todo estaba marchito y consumido en la tierra reseca y los secos pechos.

La propia Deméter ya no se bañaba. Sus túnicas estaban empapadas de barro y el cabello le colgaba en enmarañados mechones. A pesar del terrible dolor de su corazón, no se daba por vencida. Después de muchas preguntas, súplicas e incidentes que no habían dado el menor resultado, la diosa se desplomó junto al pozo de una aldea donde nadie la conocía. Mientras permanecía apoyada contra la fría piedra del pozo, apareció una mujer, que se acercó a ella bailando, agitando sus caderas como si estuviera en pleno acto sexual mientras sus pechos brincaban al compás de la danza.

Al verla, Deméter no pudo por menos de esbozar una leve sonrisa. La bailarina era francamente prodigiosa, una mujer hermosa con un hermoso color de piel y unos labios muy sensuales. Con aquella deliciosa boca empezó a contarle a Deméter unas historias muy graciosas. Deméter sonrió, despues se rió por lo bajo y finalmente, estalló en una sonora carcajada. Ambas mujeres, Baubo, la Diosa del vientre y la poderosa Diosa de la Madre Tierra Deméter se rieron juntas como locas. Y aquella risa sacó a Deméter de su depresión y le infundió la energía necesaria para reanudar la búsqueda de su hija y, con la ayuda de Baubo, consigió finalmente su objetivo. El mundo, la tierra y los vientres de las mujeres volvieron a crecer. Perséfone fue devuelta a su madre, aunque sea solo por un tiempo...pero eso es otra historia.

Tomado y adaptado de "Mujeres que corren con lobos" de Clarissa Pinkola Estés.

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